Santiago saltaba de butaca en butaca desprendiendo almohadones mientras gritaba que el problema surgía en donde el tenía que elegir a partir de una verdad de cartón. No era un cine, tampoco era un teatro. Karina, en el primer escalón, luchaba por un poco de privacidad que la hiciera des-agotar todo ese jugo de Maracuyá que había ingerido. Sabía que eso estaba lejos de ser un cuarto de baño, pero algo en ella aceptaba la disposición de los elementos que conformaban ese extraño lugar. La sensación que la atacó cuando entendió que esto era la verdad, fue absolutamente irreversible. El inodoro era un escalón  de cemento con un lavamanos de metal oxidado incrustado y sin canillas, pero al costado había una flor flotando en un vaso. Asomada sobre el metro  cuarenta de puerta una mujer enfurecida decía en cámara lenta que si quería que el baño fuera lógico debía comprarle empanadas. Miró hacia abajo, pero nunca pudo verle los pies, ni comprarse el collar de perlas de veinte bolívares.
En el último escalón, parada sobre una butaca estaba yo, o lo que creo que era yo antes de convertirme en alguien que mira dentro del portal de John Malckovich. Intentaba inútilmente llegar hasta abajo, cuando tome conciencia de que solo era un huésped dentro de este cuerpo que se sacudía y esparcía hojas de libros viejos por todo el lugar. En dirección a lo que podríamos haber estado todos de acuerdo que era el frente había una pared inmensa llena de espejos, tenían alrededor de veinte por veinte y eran de agua. Antepuesto había un telón de terciopelo púrpura que desprendía una cierta vibración capaz de hipnotizar a la gente sin ojos que estaba sentada boquiabierta en el piso de barro delante de los baños, a los pies de Karina. Santiago dejo de saltar por un instante y le arrojó un almohadón a la mujer que la hostigaba.
De pronto alguien gritó, inundando el lugar con un ruido agudo y metálico que hizo soltar los espejos, y yo ya no pude verle la cara a mi cuerpo.