Se despierta en medio de la noche y escribe sin mirar..
Limpieza.
Lluvia. Lavando los suelos de este Planeta. De esta vida, de estos ojos, esta eterna, inagotable, y envolvente lectura. Querer limpiar delata el cansancio. El agotamiento mental en que consiste estar respirando esta centrifuga marcha mortuoria. Limpiar la resina, del orgasmo, tras el orgasmo, tras el abismo de mí. Sacarme afuera, al meterme enteramente adentro; y confabular con el silencio hasta engañarlo, haciéndole creer que me sedujo.
Pelear. Contemplar la trifulca en el centro de la Arena. Disfrazar las caras del prisma de Gladiadores endemoniadamente hambrientos. Y caer, en la hipnosis del trompo, hasta que el aire que me contiene es la gravedad que me dejo inculcar. Donde no hay más que aburridamente (qué carajo?) globos de cielo despertándome.
Aspirar. Por los poros. La música de mis pedazos al caer. Viéndome tan humana de no necesitarte. Escuchando desmembrarse de asco al Planeta que abre paso al huracán de que tengas vida mordiéndote desmesuradamente la superficie de la piel. Besando el vacío, por esperar que se haga creer una lluvia desde el vidrio. Frio. Todo se vuelve frio en el instante en el que caigo, y nunca parezco llegar.
Llegar. A que los frutos que comando robar, sean los que me clavan de las muñecas. Contándome con un palo las pulsaciones. Cargando el electro shock que se desenchufa al contacto con la materia. Con estos mismos ojos, que siempre se absorben extraños. Dialogando cerrados con animales desde el sueño.
Devolverme. Volviéndome a tragar la sangre. Con el paladar amenazado de muerte. Tragar la propia lengua en fantasías sadomasoquistas. Siempre planeadas. Siempre pensadas.
Pensar. Pensar la hora. El interminable acto en que el calamar me bebió los orificios del cráneo. Empujándome los ojos hasta clavarme los tobillos a la médula. Quisiera no, ya saber que sé que no quiero querer que tanto contengas lo único capaz de devolverme lo civilizado.
Civilizarme. Al peinarme las pestañas de la sala en la que repetidamente ensayo quien yo soy. Para que, no vaya a ser, se te escape, y te olvides, de la carne del elefante que explota reventándose contra tu cara. Arengándote a perder, porque no te agrada del todo tu enamoramiento por la entumecida mentira. Que te subdivide, y te desprotege, de lo que seas querer de mi.
Estremecerme. Absorbiendo la fuerza que comandas contra esta mascara que tengo. Enredando dos bacterias, porque es entretenido ver como se derrite la lente del microscopio que demanda comprar alguna inalcanzable certeza.
Y zambullirme. En un prismático océano de sal, por la desilusión de morir sin habernos trenzado los adentros como cables de luz. O pinturas. Cuando me sostengo ahogarme en lo abstracto. Sentir las cavernas de la vida resquebrajárseme encima. Sólo obliga el cigarrillo a desprenderlo de la memoria, perdiendo de vista el suelo que continuamente enciendo.
Incendiando. Desde los cimientos la catedral del paladar, por la miel que pierdo al intuir que en el vitreaux voy a perder los ojos.
Saber, el descarriado sabor. Y a fin de cuentas, acabar desorientado.