Hay un laberinto atravesado allí, debajo de la tierra, donde una bocanada de aire es un privilegio con delirios de ausencia. Relata una opción por escalera, y un destino por escalón. Su recorrido, no sabe hacer real diferencia entre suelos y techos, sin embargo lo he visto intentando crearla.
Existen en este enredo tantas puertas por admirar y mundos por descubrir, que se convierte en costumbre sentarse en el olvido de que la primera regla es, sin más, resurgir.
Duermo tranquila, deseando lo que dejé ir, porque sé
que ya no puede romperse más al caer al suelo.
Y la Imbecilidad del Super-Mí en su altura máxima,
observa eternamente el cadáver del desperdicio en el espacio.
Donde jamás nada termina de dibujar círculos, y morir.
estudiando cada conversación entre sus ojos y sus manos,
mientras ella entendía que había una línea
que la separaba de la hoja.
No hacía más que correr.
Desarmándose.
Increíble, como repartir un instante en porciones y comerlo
El apretó los labios, mientras ella caía dentro,
y ahí se quedó, escuchándole el estomago.
y ahí se quedó, escuchándole el estomago.
El arte de desencajar. A donde sea que vaya.
El arte de prenderse fuego será tratado en otro momento.