El hombre obturador presta silencio esta noche, sus ojos quietos no corrigen, espera con la sangre corriendo a que algo genuino pase allí donde fija su experiencia.
Sentada sobre la oscuridad de la silla está su musa. Tiene los pómulos y la nariz iluminados; cortesía de aquel anuncio de una licorería que espera al cruzar la calle. De los dedos de su mano izquierda gotea un ritmo que indica que hoy también ha sido atacada. Enciende un cigarrillo, detrás de la vela que apoya sobre el tocador, y seca con la otra mano la única lagrima que se ramifica entre el barro de su mejilla. El agua corriendo en la otra habitación la aleja de ser evidencia, va dejando un camino desde su enagua hasta el ultimo escalón, pero el hombre sigue inmóvil en aquel rincón, jugando a que la ha dejado tranquila.
Después de un largo baño vuelve a plano y se acuesta a dormir. Y al terminar , queda girando sola en el aire la pregunta, a quién engaña cada cual, si el lobo trepa noche tras noche y se acuesta como un espiral sobre las uñas rojas de sus pies; y todos sabemos que el hombre obturador no puede cerrar esos ojos de cristal.
Sólo si supiéramos el camino a separarnos,
seriamos una familia ideal.