Camino por el laberinto, aunque sé, no tengo pies.
Hay unos pies, los veo arrastrarse por el suelo, pero por la forma en que los percibo, por lo que pienso de ellos, no pueden ser míos. No. Se ven demasiado reales para ser míos. Hipnóticos. Colores cálidos luego del congelamiento. No ceden. La dureza con que envuelven los separa de mí. De mí. Que miro. Desde arriba, como acostada sobre mi cabeza. Viajo en una alfombra voladora con forma de médula espinal. Una serpiente voladora de mi envase, que no para de caminar. No se a donde va, pero lo dejo porque parece tener un ritmo cardíaco. De pronto, le aviso a mis ojos que en las varias profundidades del fondo veo una puerta. Soy un circulo -pienso-, y el cuerpo se ríe.
Extiendo la mano derecha hacia él, no logro olvidar que no tengo dedos, hago parir a la serpiente voladora. El metal frió del picaporte me despierta, me advierte que hay un envase mayor en el que me hundo. Las luces cambian, el aire es diferente, y el cuerpo empieza a correr, desesperado. Como un prisionero de guerra, ya lo tiene sin cuidado el consenso, y corre. Quiere llegar hasta la puerta que estoy abriendo. Grita, como el agujero profundo que debo ser y en ese único momento es, invenciblemente, penetrablemente, todo y todos, y Yo. Lo miro, y se desmantela corriendo. Dudo que llegue. La última vez sufrió el mismo desenlace. Al parecer si no te desmaterializas justo en el instante en que se abre la puerta, no hay portal, no hay más abismo que el de reencarnarte a vos mismo. Ser otro, ser extraño. Una vez más. Con los mismos pies. Los mismos dedos que se estiran, mientras sabes que no es posible, no es posible. Ese metal. Vuelto picaporte.
Llega corriendo con sólo el frente del cráneo y mitad de las costillas, y se la da de lleno contra la madera. Abre la mandíbula en una coreografía que la destraba, sacude la cabeza mecánicamente como el cadáver vencido que es, y absorto pasa por la puerta.