Me suelto. Me olvido -digo- a mi, hago acto de olvidarme, con la piel en el tapizado.
Le comento a Félix cuan despeinada debo estar, y me lo niega, agradecido -sosteniéndose la garganta-. Por un instante el álbum de fotos me entrecierra los ojos, no le cree, no encuentra pruebas de que alguien se haya manifestado en ese espejo, jamas.

La gente que tengo alrededor habla. Y eso, es suficiente introducción.

Llego a creer que las piezas realmente no son como las lineas de luz -de un lavarropas centrifugándose, de agua derritiéndose eternamente- que tengo en las muñecas. Levanto la mano para anotar cada detalle, y algo por fuera cree que necesito un vaso de des motivador mental social. Las empresas de mi cara no saben con que parte comunicar que no hablo español. No hablo. No se hablar. Yo me miro al espejo. Veo tu propio espejo, de mi. Pero no puedo dejar de mirarme a mi. A mi, mirándote a vos. A vos, mirándome a mi. El comensal al que dejaría tomar mi mano en esta mesa, se ve como yo, se mueve como yo, sabe que pienso cuando lo miro y me atrae físicamente. Me estoy mirando. Elijo prestarme más atención que a cualquier otro que el mundo denominaría 'sorprendente', porque alguna vez alguien creyó que era mas sustancial escuchar al otro, que a uno. Alguna vez alguien creyó, y lo compartió, como un caramelo.

Yo no se creer. No puedo más que sentir. Yo ni siquiera sé, solo intuyo. Camino hacia donde me llama la atención. Entonces, ¿camino hacia mi?, ¿me paro ante mi?. Y si... dice Félix ahora sosteniéndose la mandíbula con las manos prehistóricas del aire. Debería no saber hablar, debería recordar que se hacerlo, y dejar de hacerlo.

Me paro ante el extraño enemigo en el espejo y no puedo no creerle que es un villano. Un villano de mi. Le miro la cara. Observo la máscara. Ato los ojos en sus pestañas y me desconcentro hasta el centro. Por completo. Me deslizo por una hamaca de océanos desatada recién, de un árbol que se deshace en cámara lenta. Me dejo olvidada, como una funda en el rincón que nadie va a limpiar. Desvisten mis oídos la música que componen los pedazos de mi al caer en distintas gravedades de -lo que me pide ser- el suelo. Los observo hacerse pedazos. No tengo labios, ni dientes como para dibujar una última sonrisa vengativa justo antes de caer dentro de mi.

No estoy más, y el mundo no cambió. Mis contornos fueron borrados, y esta habitación no cambió. Porque aunque intenten hablarme, 
ya fui devorada por el reptil que hace un rato, no avisé, entró por las puertas del espejo.