Una gota de sudor cae de su muñeca
y el cansancio en los pies no será un impedimento.

Todo lo que supo ser, hoy despide
mientras su voluntad se arrastra impulsada creando surcos en la inmensidad del espacio abierto.

Un espejismo lentamente desvanece
detrás de la sombra del alma que hoy sin forma se aventura a creer
que la certeza nunca fue un huésped en la suerte del cuerpo.

Solo espera el muerto que nunca olvide, que desplomarse ante esos ojos,
nunca fue un capricho.

Y que la verdadera tristeza baila insonora.
Bienaventurado al infierno sea, quien quiera el desierto ver ser arrasado por el océano.



Y un vendaval se aleja, dejando el eterno rastro de su sonrisa en la arena.

Más hoy bien sabe
de no esperar por nadie que venga.