Salvador despierta sobresaltado.
La profundidad de sus ojos lo invita a caer a toda velocidad.
El movimiento con el que abre los ojos, magnéticamente atrae hasta él las palmas de sus manos.
De un salto las aleja y comienza a correr con desesperación.
Corre entre la gente atravesando la ciudad casi por completo.
Pareciera que no va a dejar de correr nunca.
Podría jurar que esta solo. Completa y absolutamente solo. Sin embargo ahí están sus espejos.
Podría jurar que esta solo. Completa y absolutamente solo. Sin embargo ahí están sus espejos.
Observando mientras él se prende fuego. Observando mientras se cae del árbol. Observando mientras se ahoga en el fondo de la pileta.
Grita, como nadie grito en su vida.
Es ignorado. Como todos aquellos que desesperan.
Un pobre idiota que enloqueció.
Alguien que no quisiéramos que se siente en nuestra mesa, ni tocase nuestras cosas.
Salvador es el perro que murió en medio de la tormenta, tirado en el cordón de la vereda, con la boca abierta.
Al que quizás alguien quiso abrazar, pero no lo hizo, porque no le daba el tiempo.
De pronto para.
No sabe donde está, ni cuanto tiempo corrió.
No sabe nada.