Julia sostiene en la mano un pasaje todavía tibio, escrito en plumas de arena.
Desespera por encontrar donde ponerlo, pero la estantería es un rascacielos en ascenso.
Por las texturas que dibuja cuando baila imposiblemente entre las lineas de luz -primera, segunda y tercera fila del público-, creería que es de humo, pero sólido. Si lo miro más, -con el ojo derecho- tiene metal, y desprende sonidos. Si lo miro menos, -con el que resta- no me atrae al punto de dejar el cuerpo e irme descalza de él, por los tejados. Lejos. Donde se ramifican los sueños lucidos de Julia, y más, hasta el beso al que le están cerrando el telón en la nariz.

Ayer me dijeron al oído que Julia no es todo, si es que nos gritamos desde el fondo de una taza de café a la otra.
Bien quisiera yo, a veces, que lo sea. Cuando la veo irse al mar, en el instante en que los demás parpadean.










Y sigo sin saber donde ponerlo.
Para impedir el verlo más, o para hacerme su esclava.