Julia, con el cabello invadiéndole el rostro, bailaba espirales 
invisibles, envuelta en lobos de humo que se desprendían 
del terciopelo de aquella habitación enredada en fuego. 
Ella era, en efecto, ese Diablo que le sonreía en el reflejo. 
Su sangre evaporada, era la cárcel de la cual
 no podría escapar jamás.