De la pérdida de las relaciones unipersonales. Pareciera hoy que cambiara el rumbo notablemente. Que debiéramos reescribir, o mejor dicho, reacomodar los libros, recortar y cambiar las palabras de lugar. Todo lo que podíamos decirnos saber, hoy de algún modo se tacha y se le garabatea encima. Podríamos llenar nuestras hambrientas bocas de palabras como Evolución, Revolución, Elevación. O, bien podríamos, consumidos por monstruos invisibles, finalmente decir Histeria.
El aire se revuelca fastidioso y espeso de algo. Y ese algo, no ha de ser más que Histeria.
De actualizar lo que están haciendo aquellos que nos rodean. Del upgrade de noticias de gente a la que ya no parece ser necesario acercarse físicamente. De la deriva de estar solo y sin embargo vivir aturdido. Desprotegido. Revolucionado. Espiado. Y constantemente, consciente e inconscientemente, sobreactuado.
De sentirme hoy una humareda furiosa que se niega fuertemente a adoptar una forma, mientras los cientos de los que ya no distingo a quién amo y a quién desconozco nunca se ahogan en el mar de fauces hambrientas de lo que nunca sabrán de mí. Y jurarán inamovibles que sí.
De que no haya mas lugar donde explayarse. De que caer en la multitud que ovaciona ante la pelicula de nosotros mismos sea algo casi inevitable. De que ya no sea posible sorprendernos de nosotros mismos. De que la influencia sea mayor que el yo que está existiendo. De que lo extinga, sin dejarlo llegar a la aclamada elevación. De ser una generación que superpueble el limbo. De que el máximo culpable de todo sea el que no ríe en el espejo.
Y ya ni siquiera ese segundo que tenía sentido, sienta que puede tenerlo.
De tomar conciencia, luego de calmar el ego que no permita tomar la palabra sin poesía.
De poder pronunciar la palabra básica, sin sentirse un imbécil que está pidiendo de la vida demasiado.
Amor.
¿Dónde mierda está el amor?
Si en lo más profundo de mí, sigue siendo núcleo de todo arte de expresión.
Cómo diablos llegó el ser al punto de generar tales anticuerpos, que al momento de sentirlo por otro de su misma especie prefiere pronunciar la palabra más absurda que parada ante mí genera una inmensa ira capaz de incinerar los cimientos de la tierra.
Comodidad.
Y ahí todo acaba, premoldeado, sin bailar el baile de acabar libremente.
Del amo y señor de lo absurdo.
De la humanidad, llegando en su ebullición al fin de los tiempos. Gastando todo recurso de la mente en consumo, porque todo acabará. Enajenada. Enjaulada, diciendo que vive día a día, mientras en sus ojos puede verse la angustia de estar espiritualmente encadenada al suelo.
De un mar de palabras, en el que nada se olvide.
Recordaré cada minuto de esta forma, intentar no formar parte.
Será quizás ese el instante,
en que indefectiblemente caiga enamorada del hombre
que es capaz de enfrentarse a mi miedo y ante él dar su más exquisita expresión,
dejando que su fuego interno ilumine desde el espacio la tierra.
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